Pelotitas de ping pong

IDIOCRACY (2006)

Pelotitas de ping pong

Desde hace algún tiempo, una idea estúpida y radical, anda merodeándome como un lobo desde las sombras del bosque. Se la he comentado a algunos amigos pero siempre con el mismo preámbulo: “Si me preguntan juraré no haberlo dicho, así que no sean cabrones, por favor”. Pero es posible, que este sea un momento y sitio lo suficientemente insustancial, como para intentar explicaros está idea necia que desde hace tiempo me taladra la sesera.

Tenemos la casi certeza de que el aumento de población a lo largo de nuestra historia, como animales humanos, también nos ha traído, en igual medida, un aumento de las circunstancias y sustantivaciones, esto es, a mayor población mayor cantidad de asesinatos, de adelantos tecnológicos, de amores, infidelidades y suicidios, de mediocridad o de genialidad, y así suma y sigue. Y pensando así, vagamos por el mundo esperando encontrar el brillo de la mirada de Einstein en nuestros hijos o, mejor aún, en nuestro propio reflejo en el espejo.

 A mayor población, aseveramos, mayor cantidad de genios, de mentes brillantes, de personas especialmente dotadas para el trabajo intelectual, y hoy los rebautizamos como Elon Musk, o Bill Gates, o… ¿Quizá estemos elevando demasiado nuestras expectativas, no crees? Porque de estos prohombres solo hay un puñadito por centuria, si tenemos suerte, y casi pareciera que lejos de aumentar en relación a la población fueran una constante. Bajemos un poco el listón, porque, además, convendrás conmigo que estamos otorgando el rango de genialidad tasándolo en relación a los ingresos bancarios y eso pareciera una frivolización de la figura del genio, ¡los genios mueren pobres! Pero no todos, no se nos olvide que a su muerte Leonardo da Vinci legó una de las más grandes fortunas de Italia… pero eso es otra historia.

Pensemos más bien en personas intelectualmente dotadas para las ciencias, las artes o la filosofía, y que dedican su vida, o parte de ella, al estudio y el avance de la razón. ¡De estos sí debe de haber muchos millones! Sin embargo el bueno de Gilles Lipovetsky nos dirá, con cierto tono grave, que se venden aproximadamente la misma cantidad de libros de filosofía y pensamiento hoy que los que se vendían a finales del siglo XIX. ¿Cómo es esto posible? No dudo lo más mínimo que el precio de los libros en relación al costo de la vida es hoy muy inferior al de finales del XIX, donde un libro era un artículo lujo como una pluma Montblanc, y además en esa fecha la población mundial era de aproximadamente mil seiscientos trece millones de habitantes frente a los siete mil seiscientos millones de hoy, y el analfabetismo campaba a sus anchas, ¡y hoy tenemos Amazon y podemos comprar los libros digitales! ¿Se equivocará Lipovetsky, o ambos tenemos la misma idea necia a la que casi no nos atrevemos a dar forma en nuestras cabezas?

¿Y si la brillantez intelectual, la dedicación al estudio y su difusión no respondieran a una matemática de aumento proporcional, y si fuera una constante relativa, esto es, que aumentara a un ritmo infinitamente menor que otras, como la mediocridad y la estupidez?

EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN

La idea sería entonces que, por ejemplo, allá por el siglo IV a.C., cuando la población de la tierra se tasaba en no más de ciento cincuenta y dos millones de habitantes, el número de mentes capacitadas y brillantes podría ser de “x”, en esta “x” estarían los filósofos griegos, los sabios chinos, los sacerdotes olmecas, etc… Así pues “x”, coincidiremos todos, no debía ser una cantidad muy abultada. Y al pasar de las centurias y milenios, llegados a la era del Twitter ésta “x”, que debiera multiplicarse por el cociente de crecimiento poblacional, lamentablemente permaneció casi constante, aumentó sí, pero muy sutilmente, tanto que en más de 120 años, los que va desde finales del siglo XIX a hoy, la venta de libros de filosofía ha seguido el mismo patrón, la misma constante.

Te lo voy a explicar con pelotitas de ping pong. Imagina un recipiente transparente donde caben mil de estas pelotas blancas, y entre ellas metemos veinticinco de color rojo. Por mucho que movamos las pelotas con un palo, es más que probable que siempre veamos en la superficie, o a través de las paredes del recipiente algunas de estas bolas rojas. Y si estas tuvieran conciencia, ojos y boca, también se verían entre sí, podrían juntarse, hablar, intercambiar ideas, aprender las unas de las otras y generar asociaciones o movimientos, incluso facciones contrarias y escribirse libros desdiciéndose la una a la otra. Ahora imagina un recipiente aún mayor donde hay diez millones de pelotitas de ping pong blancas y metemos doscientas cincuenta rojas y las meneamos todas con gusto por un buen rato. ¿Seremos capaces de ver alguna bola roja? Y si tuvieran conciencia y ojos ¿serían capaces de verse entre ellas a través del inmenso enjambre de bolas blancas? LEIBNIZ Esto sería muy improbable, así que a mayor cantidad de bolas blancas, mayor dificultad tendrán las rojas para poder trabajar juntas, compartir ideas, refutar a otras y avanzar sea cual sea su campo de conocimiento, así que la  labor de estas, la de incentivar y posibilitar el crecimiento de la razón y el conocimiento a pesar del aumento de la imbecilidad y la sinrazón del mundo se dispersa, se aísla de la posibilidad del diálogo entre pares y finalmente se convierten en una anécdota, en una mónada, en un mal chiste leibniziano.

Me dirás que es una idea ridícula y sin sustento, que casi pareciera que da la razón a Platón, y tienes toda la razón, no te lo puedo discutir y si me preguntas en la calle posiblemente te diré que yo jamás lo he dicho, aunque esté aquí escrito. Pero es como el éter, una idea estúpida y sin fundamento que permitía explicar muchas cosas que la ciencia aún no era capaz de descubrir por sí misma. Pero la cuestión no es esa, la pregunta es ¿y tú, tú que buscas el reflejo de la mirada de Einstein en la de tus hijos, o vanidosamente en tu propio reflejo en el espejo, de qué color te crees que eres, roja o blanca? ¿Y si me dices roja, qué estás haciendo para encontrar a tus semejantes?