¡Comí en casa de los vecinos!

CCH AZCAPOTZALCO

¡Comí en casa de los vecinos!

Esta respuesta automática de la boca de un niño al regresar a casa, casi sin pensar, puede ser absolutamente normal y hasta redundante, o totalmente desconcertante y sospechosa dependiendo no del lugar de afirmación de la misma, sino del año en la que el infante la espete a sus progenitores.

Y es que lo que para unos fue una conducta normal y repetida en décadas pasadas, pudiera parecer hoy algo de lo que preocuparse y mucho, y que no debe tomarse a la ligera. En una realidad social donde la desconfianza campa a sus anchas y no queremos, ni nos importa, saber a qué se dedican nuestros vecinos ni cómo sus llaman sus malditos hijos, la posibilidad de que el nuestro llegue a casa y nos diga sonriendo “¡Comí en casa de los vecinos!” sería motivo de un interrogatorio intimidante, unas palabras más que acaloradas con los vecinos de marras y quién sabe si motivo suficiente para una investigación judicial… “Porque quién sabe lo que los vecinos hagan en su casa con sus hijos… ¡pero con los míos no!”.

Confianza interperonal LATINOBARÓMETRO 2017

Hace no muchos años era imposible no saber cómo se llamaban los hijos de tus vecinos porque con ellos jugabas todo lo que quedaba de día al volver de la escuela y cumplir con las obligaciones que esta exigía. También era imposible no saber a qué se dedicaban sus padres porque, más temprano que tarde, tocaba visitar sus casas; para beber un vaso de agua que aplacara la sed del juego, para refugiarte de la lluvia y seguir jugando secos y calentitos o para ver tu programa favorito de televisión con tus amigos, y claro el roce hace el cariño y de ahí a comer en casa del vecino no hay más que afinar con la hora de la visita y un contestación absolutamente oportuna e interesada cuando te preguntaban “¿Has comido algo?”.

Y de esto, y de muchas cosas más al hilo de estos asuntos sobre la confianza y el valor del juego para los distintos desarrollos del animal humano, es de lo que he tenido la oportunidad de hablar con los más de veinte mil asistentes a las treinta conferencias de bienvenida que en los últimos días he tenido el honor de impartir, y más especialmente en aquellos encuentros en los que tuve como público a las madres y padres de los alumnos que ingresaban a bachillerato o licenciatura en distintos planteles de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Desde la Facultad de Estudios Superiores de Zaragoza, los planteles del Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco y Vallejo, o las facultades de Contaduría y Administración, Química y Odontología, todas fueron oportunidades maravillosas para reflexionar sobre si tiene algún sentido este celo protector, desconfiado y temeroso que está haciendo de nuestros jóvenes personas igual de temerosas y desconfiadas, desprovistas de las muchas experiencias del juego y las relaciones vecinales que nos han formado como los adultos que somos y que, paradójicamente, hoy ni potenciamos ni valoramos, e incluso nos ufanamos despreciar a la ligera.

Este breve, pero intenso ciclo de conferencias, tuvo como cierre oportuno la mención obligada a José Antonio Marina y aquel refrán africano que, a golpe de escuchárselo muchas veces, yo también acabo repitiendo y haciendo mío: “Para educar a un hijo es necesaria la tribu completa”.

PANORAMICA CCH VALLEJO 2