Nuestra estupidez no tiene límites

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Nuestra estupidez no tiene límites

Por definición la palabra frontera nos catapulta inmediatamente a la palabra límite,  esto es, y según la RAE, la “línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios”. Y aquí nos asalta a la memoria las sinuosas formas de los ríos, golfos, lagos, estrechos, penínsulas, o cordilleras que son usadas como “fronteras naturales”, o esas otras líneas trazadas algunas veces con pulso tembloroso y otras con regla y plomada, como las fronteras de Egipto, Sudán, Libia y Chad, y muchas tantas otras, exactamente igual de arbitrarias todas, pues al fin y al cabo, las “fronteras naturales” no son más que una convención de ciertos hombres en determinado momento.

Y es que el tiempo es un factor que nunca aparece ligado a esta concepción  de límite, pues se le presume a la misma una categoría trascendental capaz de justificar genocidios, éxodos, invasiones, imposiciones culturales, acuerdos y desacuerdos históricos, sometimientos, humillaciones, alianzas, esclavitud, explotaciones y expropiaciones e, indefectiblemente unido a esto, complejos y orgullos igual de estúpidos de todos los colores y acentos a los que solemos dar nombres como patriotismo, nación, soberanía, y demás términos grandilocuentes que justifiquen lo anterior y fijen cómo tienen que ser las cosas per sécula seculórum, esto es, y para que se entienda, para siempre. Porque de no ser para siempre cómo justificar cualquiera de estas acciones.

Banderas, himnos, juramentos, homenajes a una historia siempre retorcida y manipulada, son al fin y al cabo convenciones litúrgicas inventadas para justificar y glorificar la pertenencia a un pedazo de tierra limitado por la interpretación de un azar geográfico o una línea en el suelo. Y estas no pueden, por definición, tener presentes que su permanencia está ligada al albur del tiempo, a la contingencia. Pues sería evidenciar la estupidez de nuestro modelo social basado en la defensa de nuestra identidad histórica y cultural como pueblo. Así que llegado el momento, en contra de lo que dicta nuestro instinto de supervivencia animal, la protección de estos límites caprichosos será justificación, absurda por definición lógica, del sacrificio último, del holocausto voluntario de todos los que viven dentro de ellos, y la historia los aplaudirá, lo justificará y lo tomará como ejemplo, para mantener ese estatus quo que entendemos connatural a nosotros mismos.

Y esta limitante es uno de nuestros problemas reales porque pareciera que nuestra estupidez sí que no tuviera límites. Y es que no nos queremos dar cuenta que desde hace 200.000 años hemos ido trazando líneas de separación y fronteras entre nosotros mismos que azarosamente el viento del tiempo ha ido cambiando y así seguirá siendo, porque basta con ver el mapamundi de las últimas décadas para darnos cuenta que nunca dejó de moverse, aunque no nos llegara a afectar directamente, y así seguirá. Unos se querrán anexionar, otros separar, y otros invadir y someter al vecino y todos esgrimirán causas aparentemente justas y nobles que justifiquen su acción o sacrificio. Pero esos límites están realmente en nuestras cabezas y a quienes nos limitan es a nosotros mismos como especie, a nuestras posibilidades de vivir felizmente día a día, de sobrevivir a lo que está por venir y no queremos ver. Nuestros límites deben estar allí donde aún no hemos podido ir para sobrepasarlos todos juntos poco a poco, de la Tierra a las estrellas. Pero para asegurarnos esa posibilidad de supervivencia debemos actuar como lo que debiéramos ser, una tribu global, cada cual con sus colores y acentos, pero nada más, ninguno mejor que el otro. Solo así podremos sobrevivir 200.000 años más, y los que vengan.